En el centro del ícono se encuentra la Santísima Virgen María, la Theotokos, representada en actitud de contemplación. Su posición no es casual: ella medita el misterio que ha acontecido, pues ha dado a luz al Verbo eterno sin perder su virginidad. Su figura proclama el dogma de la Encarnación real y verdadera.
El Niño Cristo aparece recostado en una cueva oscura y envuelto en pañales que evocan simbólicamente el sudario funerario. La cueva representa el mundo caído, la oscuridad del pecado y de la muerte. Desde su nacimiento, Cristo entra libremente en esa oscuridad para iluminarla y redimirla, uniendo el misterio de la Natividad con el de la Pasión y la Resurrección.
La estrella, representada como un rayo que desciende desde lo alto, manifiesta la acción directa de Dios y guía tanto a los Magos como a toda la creación hacia Cristo. No se presenta como un fenómeno astronómico, sino como un signo teológico de la revelación divina.
Los ángeles, dispuestos en distintas actitudes, glorifican a Dios y anuncian el nacimiento del Salvador. A través de ellos, el ícono muestra la comunión restaurada entre el cielo y la tierra mediante la Encarnación.
Los pastores, situados en la parte inferior del ícono, representan al pueblo sencillo que recibe primero la Buena Nueva. En ellos se manifiesta la humildad como camino de acceso al misterio de Dios.
Los Magos, guiados por la estrella, simbolizan a las naciones y al mundo gentil que reconoce en Cristo al Rey y Salvador universal.
San José, representado apartado del grupo central, expresa la dimensión humana del misterio. Su actitud reflexiva manifiesta la lucha interior frente a lo incomprensible del acontecimiento. A través de su figura, el ícono enseña que la fe no elimina la razón, sino que la eleva y la conduce al misterio.
La escena del baño del Niño subraya con claridad la plena humanidad de Cristo. La Iglesia Ortodoxa confiesa que el Hijo de Dios asumió completamente la naturaleza humana, sin confusión ni separación, para sanar y salvar al hombre desde dentro de su propia condición.
En su conjunto, el ícono de la Natividad constituye una síntesis visual de la teología ortodoxa. Proclama que Dios se hace hombre por amor, entra en la historia, asume la debilidad humana y comienza desde su nacimiento la obra de nuestra salvación. No invita solo a ser observado, sino a ser contemplado en oración, como una auténtica predicación silenciosa de la fe de la Iglesia.